che al quartiere in penombra si rapprende. di una vita smaniosa che del roco e assoluto.E senti come in quei lontani caseggiati dove si consuma l´infido corporea, collettiva presenza; forse più lieta della vita-come che per l´operare quotidiano: -in questo vuoto della storia, in questa la stupensa, adusta sensualità nel mondo, qualcosa crolla, e si trascina Già si accendono i lumi, costellando lurido monte, i lungoteveri, il nero Diademi di lumi che si perdono, brillano i rari autobus del quartiere, verso il monte che cela in mezzo a sterri che aspettano irose sopra la sporcizia a palazzi, quasi a mondi, dei ragazzi di sventatezza giovanile la romanesca vespertina; e scrosciano le saracinesche e in mezzo ai platani di Piazza Testaccio e i tufi del Macello vi si imbeva È un brusio la vita, e questi persi eccoli miseri, la sera: e potente di chi soltanto nella storia ha vita,
che, benchè triste, così dolce scende
per noi viventi, con la luce cerea
E lo sommuove.Lo fa più grande,. vuoto,
intorno, e più lontano, lo riaccende
rotolio dei tram, dei gridi umani,
dialettali, fa un concerto fioco
esseri che, in vita, gridano,ridono,
in quei loro veicoli, in quei grami
ed espansivo dono dell´esistenza
quella vita non è che un brivido;
senti il mancare di ogni religione
vera; non vita; ma sopravvivenza
d´un popolo di animali, nel cui arcano
orgasmo non ci sia altra passione
umile fervore cui dà un senso di festa
l´umile corruzione.Quanto più è vano
ronzante pausa in cui la vita tace-
ogni ideale, meglio è manifesta
quasi alessandrina, che tutto minia
e impuramente accende, quando qua
il mondo, nella penombra, rientrando
in vuote piazze, in scorate officine...
Via Zabaglia,Via Franklin, l´intero
Testaccio, disadorno tra il suo grande
fondale, oltre il fiume, che Monteverde
ammassa o sfuma invisibile sul cielo.
smaglianti e freddi di tristezza
quasi marina...Manca poco alla cena;
con grappoli d´operai agli sportelli,
e gruppi di militari vanno, senza fretta,
fradici e mucchi secchi d´immondizia
nell´ombra, rintannate zoccolette
afrodisiaca; e, non lontano, tra casette
abusive ai margini del monte, o in mezzo
leggeri come stracci giocano alla brezza
non più fredda, primaverile; ardenti
loro sera di maggio scuri adolescenti
fischiano pei marciapiedi, nella festa
dei garages di schianto, gioiosamente
se il buio ha resa serena la sera,
il vento che cade in tremiti di bufera,
è ben dolce, benchè radendo i capellacci
di sangue marcio, e per ogni dove
agiti rifiuti e odore di miseria.
in essa, la perdono serenamente,
se il cuore ne hanno pieno; a godersi
in essi, inermi, per essi, il mito
rinasce...Ma io, con il cuore cosciente
potrò mai più con pura passione, operare
se so che la nostra storia è finita?

Una traducción:
Me voy, te dejo en el atardecer
que aunque triste, tan dulcemente desciende
para nosostros los vivos, con la luz de vela
que al barrio en penumbra descubre.
Y lo desordena. Lo hace aún más grande, vacío
más amplio y lejano, lo enciende
de una vida inquieta, y del ronco
rodar del tranvía, de los gritos humanos
dialectales, conjuga un concierto sordo
y absoluto. Y sientes cómo en aquellos lejanos
seres que en la vida gritan, ríen,
en aquellos sus vehículos, en aquellos tristes
caseríos donde se consume el infiel
y expansivo don de la existencia-
esa vida no es más que un temblor,
corpóreo, colectiva presencia;
sientes la ausencia de toda religión
verdadera, no vida sino sobrevivencia
-quizás más dulce que la vida- como
de un pueblo de animales, en el que el misterioso
orgasmo no tenga otra pasión
que la del actuar cotidiano:
humilde fervor a la que da sentido festivo
la humilde corrupción. Cuanto más vano es
en este vacío de la historia, en esta
ronroneante pausa en la que la vida calla-
todo ideal, mejor se manifiesta
la estupenda, adusta sensualidad
casi alejandrina, que todo lima
e impúdicamente enciende, cuando acá
en el mundo algo se derrumba, y se arrastra
el mundo, en la penumbra al volver
a plazas vacías, a talleres sin entusiasmo...
Ya se encienden las luces, ribeteando
vía Zabaglia, vía Franklin, todo el
Teataccio, despojado de su gran
escuálido monte, los caminos a lo largo del Tíber, la negra
profundidad, más allá del río, que Monteverde
amasa o esfuma invisible sobre el cielo.
Diademas de luces que se pierden
brillantes y frías de tristeza
casi marina...Falta poco para la cena;
brillan los pocos ómnibus del barrio
con racimos de obreros en las puertas
y grupos de militares van, sin apuro
hacia el monte que cobija en medio de montones
sucios y muchos cestos de basura
a la sombra, subrepticias mujerzuelas
que esperan ansiosas sobre la basura
afrodisíaca; y no lejos, entre casillas
abusivas a los costados del monte, o en medio
de las casonas, como mundos, muchachones
livianos como jirones juegan en el aire
no ya frío, primaveral; ardientes
de desenfado juvenil su romana
tarde de mayo, oscuros adolescentes
silban por la calle, en la fiesta
vespertina; y suenan las persianas
de los garages de golpe, alegremente
si la oscuridad vuelve sereno el atardecer,
y en medio de los plátanos de la plaza Testaccio
el viento que cae en lenguas de tempestad
es muy dulce, aunque afeite los sombreros
y los olores del matarife, se impregnan
con sangre putrefacta, y por doquier
sacuda rechazos y olor de miseria.
Es un murmullo la vida, y estos perdidos
en ella, la pierden serenamente
si el corazón tienen colmo de ella: a gozar
he los miserables, el atardecer; y potente
en ellos, inerme para ellos, el mito
renace...Pero yo con el corazón consciente
de quien solamente en la historia tiene vida
podré alguna vez por pura pasión actuar
si sé que nuestra historia ha concluido?
"Sporco comunista", "mascalzone", "frocio", "fetuso"... ("sucio comunista", "sinvergüenza", "golfo", "maricón"...). Son las últimas palabras que escuchó Pier Paolo Pasolini antes de ser apalizado hasta morir en la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975. Los mismos insultos que hasta hace poco ensuciaban su monumento funerario, que recuerda el lugar donde se perpetró el homicidio en un desolado paraje de Ostia, a 30 kilómetros de Roma. El Ayuntamiento de Ostia Lido decidió cercar la estatua con alambre y unas rudimentarias vallas de madera para evitar las pintadas que deshonraban al artista que amaba a los ragazzi di vita (muchachos de la vida).
Sobre el páramo yermo donde fue reventado a palos hace 31 años se alza ahora una columna más cursi que simbólica, coronada por una paloma que sostiene en el pico una luna llena. Se supone que se puede visitar de lunes a sábado, entre las 9.00 y las 13.00, pero casi nunca está el guarda que abre el candado de la verja. "Venían los chicos y la ensuciaban con sprays. Por la noche se reunían para beber o chutarse. Aquí hay mucha droga, ¿sabe?", dice Giampietro Falcone, taxista de profesión.
"Gente normal, / me condenáis: / a temblar, / a odiar, / a ocultarme, / a desaparecer...", decía el director italiano que, tres décadas después de su muerte sigue levantando ampollas como prueban las verjas del monumento de la Via del Idroscalo, una calle-carretera que discurre entre barbechos salpicados de barracas deshabitadas y galpones que alojan coches polvorientos. Las autoridades programan allí homenajes periódicamente, así que había que mantenerlo a salvo de pintadas y de yonquis.
¿Qué conmemora en realidad el monumento? Según la versión oficial, que Roberto Pelosi, apodado Pino Rana, un chapero de 17 años, golpeó hasta la muerte a Pier Paolo Pasolini, de 53 años. La otra versión, defendida por sus allegados y espoleada por la periodista ya fallecida Oriana Fallaci es que fue víctima de una conspiración política, y que Pelosi sólo fue el cebo que le condujo a la emboscada en la que participaron al menos tres sicarios.
Sea como fuere, si alguien quisiera rememorar hoy el crimen no encontraría muchas dificultades. Los escenarios siguen casi intactos. Como la estación Termini, donde el cineasta recogió al joven prostituto y le invitó a subir en su coche, un Alfa Romeo GT plateado. Los chaperos que amó Pasolini siguen allí. Ya no se amparan bajo los restos de la muralla aureliana, que apesta a orines. Ahora lo hacen en el interior de la estación, en la entrada de la Via Giovanni Giolitti, junto a las escaleras mecánicas. Basta un guiño y se acerca un veinteañero de tez cobriza. "Soy Rocco", afirma, entre descarado y amenazante mientras sus hermanos de oficio contemplan la escena. La única diferencia es que hoy llevan cinturones con unas enormes hebillas en las que se lee D&G y se calan gafas de sol de imitación de grandes marcas. Rocco ofrece sus servicios con dos tarifas. En los aseos de la estación, 50 euros; si hay que salir, el precio sube.
Pino Rana declaró en el juicio que Pasolini le ofreció 20.000 liras de entonces (unos 10 euros). El chapero, que ahora tiene 48 años, subió al Alfa del artista, que cogió la Via Nazionale para salir de la ciudad. En el trayecto, al muchacho le entró hambre. Pasolini conocía una trattoria, junto a la basílica de San Pablo, en la Via Ostiense, que conduce a la costa. Se llamaba y se llama Biondo Tevere. Un local alojado en una casa de dos pisos, de paredes encaladas y una luminosa terraza con vistas al Tíber (Tevere) del que toma el nombre. Al artista boloñés le encantaba pasar allí las horas muertas "pensando y escribiendo sus cosas". Las comillas son de Giuseppina Panzironi, cocinera y regente del local desde hace cinco décadas. Ahora tiene 76 años. Ella preparó la última cena de Pasolini y de su homicida. Sentada en la misma mesa donde ambos compartieron mantel rememora la escena: "Nos dijo que le preparáramos algo al chico, que él no tenía hambre porque ya había tomado un bocado en Roma". En su voz hay cierta inquietud, como si esperara aún una revelación que esclareciera lo sucedido aquella fatídica noche. "Era el día de Todos los Santos y no había mucha gente. Mi marido, Vincenzo, les tomó nota. El muchacho pidió spaghetti all'aglio, olio e peperoncino y pechuga de pollo. Pero él insistió en que no tenía apetito, que le bastaba con una birra y una banana. Sólo eso". Ésa fue la última cena del director de El Evangelio según San Mateo. "Se le veía tranquilo. Hablaba en voz baja con el muchacho mientras éste comía... Pino no tenía cara de asesino. Tenía cara de... chiquillo", apunta.
La sala de la planta de abajo de la trattoria se ha convertido en un pequeño museo en torno a la figura del director de Edipo Rey. De la pared cuelgan fotos suyas junto a sus amigos y los actores con los que trabajó como Ana Magnani, dibujos y poemas manuscritos. Sus íntimos en Biondo Tevere eran el escritor Alberto Moravia y su esposa Elsa Morante, y el poeta Dario Bellezza. "Él era muy tranquilo, nunca armaba jaleo, ni bebía. Si acaso una cerveza. Cuando acababa no esperaba la cuenta. Le daba a Vincenzo un cheque en blanco y le decía 'pon tú la cantidad", dice la anciana cocinera.
Giuseppina no tiene constancia de que nadie siguiera al Alfa Romeo hasta su local, ni que le estuvieran esperando a la salida, como apunta la versión conspirativa que hizo reabrir el caso hace tres años. Sólo sabe que el auto partió sobre las doce de la noche hacia Ostia.
Pasolini era un maldito y el malditismo le ha perseguido hasta después de su muerte. El lugar donde cayó muerto, perteneciente a Lido de Ostia, no es el destino turístico ideal. "Entonces venían aquí personas importantes, gente del cine como Fellini y Sordi. Pero ahora nos cae esta chusma de la droga y los turistas se espantan", dice el taxista Falcone. Porque en la estación de Lido Nord no sólo se bajan bañistas, sino muchos enganchados que vienen a buscar su dosis. Pietro es uno de sus camellos. Trabaja en los alrededores de la plaza Lorenzo Gasparini, en el mismo centro del Bronx, como le llaman a este barrio los lugareños. La policía hace redadas periódicas, pero no ha conseguido acabar con la reputación como uno de los supermercados de la droga romana.
Pasolini celebró a estos desharrapados, a los accattone, el proxeneta que protagonizó su primera película. Pietro conoce a casi todos estos muchachos del bogarte (de la calle). Pero no tiene ni idea de quién fue Pasolini, el muerto más ilustre de su localidad. Viéndole trapichear, uno imagina que Pasolini volvería a morir aquí si le dejaran elegir, junto a Pietro, junto a Pino Rana, sin monumentos.
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http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/ultima/cena/Pier/Pa...